Me gustas.

—¿Qué te parece? —me preguntó.

—¿Qué cosa?

—¡Mi amiga! ¿Me estabas escuchando o no?

—Claro, por supuesto —le respondí—. Ah… yo también tengo un amigo medio loco. Pesa como cien kilos y es bailarín. El padre trabaja en una ciudad submarina cerca de Buenos Aires y a veces nos lleva con él en un submarinito familiar hasta el fondo del mar. Una vez casi chocamos con una ballena. Me gustás —dije.

—¿Qué? ¿Qué dijiste? —me preguntó, dejando de caminar.

Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que había dicho. Cuando conseguí repetirme mentalmente las dos últimas palabras pronunciadas, me puse colorado y me empezaron a temblar las piernas. Quedé mudo.

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Ricardo Mariño, En el último planeta.

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