Luna.

Esa curiosa esfera representaba mucho, simbolizaba el todo. Estaba a medio crecer y muy naranja, relampagueante, enseñándonos el camino directo a nuestra primera aventura.

Y me pregunto yo dónde está ahora esa mitad. A veces miro de reojo por la ventana y me sorprende en su forma completa, otras  creciendo a ritmo de tortuga y de vez en cuando a penas logro distinguirla. Sus estados de ánimo, pensé. La luna también se merece estar triste.

Pero es cuando uno la observa detalladamente cuando me doy cuenta de que llena o no sigue ahí, recordándome lo importante, como un estímulo de la vida, que puede que pase todo el tiempo del mundo, pero esa esencia gravitatoria de que eres lo más cercano a mí nunca dejará de dar vueltas alrededor de mi cabeza, para cuando sea el momento trepar. Trepar hasta ella y sonreír.

Ayoze P.G.

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