El avión de muelles.

Es hora de levantarse, una carrera constante. Parece que la vida se acaba pero corres porque llegas tarde. El día parece que se acorta, no porque te sientas la persona más feliz del universo constantemente y el entretenimiento te la juegue, sino que las responsabilidades y la desorganización de un día disparate tras otro similar no te dejan hacer stop, y cuando lo haces… la desgana por innovar aparece. El estar tirado sin hacer nada original parece ser la opción ideal hoy y seguramente mañana. El saber no ocupa lugar, pero el cansansio sedimentado con capas y capas de rutina parece ser que sí.

Para qué vivir preocupado si hasta la propia despreocupación te preocupa. Un sin fin de altibajos que nos come las horas y nadie hace nada. Es más, ni te das cuenta.

Dos seres se miran en un parque.

La niña se merienda el mundo, es feliz.

El chico en cambio, aún no ha crecido, le falta dar el estirón. Lo curioso de él es que no es un niño, tiene tu edad y quiere desesperadamente un cambio, una talla más para dejar de usar sus desgastados tirantes.

La niña es muy sabia y eso que aún no ha aprendido a cantarle a la tristeza. Quizás es eso… lo malo muchas veces se lleva la ilusión y la entierra muy lejos como un hueso desgastado y roído de trabes mentales.

El chico envidia esa vida, pero solo la ve pasar en series de la tele en horario sedentario. El conformismo le agarra las articulaciones y no las deja crecer. La costumbre le atrofia los músculos y le impide aspirar fuerza. La muerte se lo quiere llevar al nicho del desinterés, expulsando toda ambición que vaya más allá de la repetición.

Nuestro reloj biológico sigue perturbando nuestros tímpanos con un sonido frágil aunque regular. Es de cuerda y la niña lo sabe. Nadie lo ignora en realidad, lo que ella dulcemente lo va alimentando con arpegios de un acordeón de lata, para sentirse sin pellizcarse, para hacer ruido a su propia dictadura descontrolada, para tener un guión de infinitas páginas irrepetibles, para sonreir siempre enseñando los dientes.

Cada minuto es joven y se nos escapa. La niña sonríe porque es ingenua e ignora cualquier bache que se le interponga en el futuro, pero esa esencia planchada a una iniciativa espabilada es la que uno desea poseer en el fondo. ¿De qué sirve ser longevo si ello equivale al paso de los días y no al de una vida?

Esforzarse en ser feliz merece la pena. Eso pensó el chico, que sorprendiéndose junto a la sombra del árbol, descubrió que su autoestima le gustaba trepar hacia el cielo en busca de gaviotas, aprendiendo que se puede volar con un avión de juguete cuyas ruedas son raíces de miles de aventuras, almacenándose en las grietas del usado columpio.

La niña se giró hacia el chico, le guiñó el ojo y le susurró de puntillas que la etapa más bella de su vida será cuando se dé cuenta de que la simplicidad del día a día puede formar una carcajada que supera incluso a los sueños.

Tictac, tictac, tictac… (dale cuerda).

Ayoze P.G.

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8 comentarios to “El avión de muelles.”

  1. Humberto Says:

    Muy bien, Ayo, esta vez subiste algo más extenso, me gustó…
    Un abrazo.
    HD

  2. Jenifer Says:

    Geniaaaal como siempre!

  3. Ojizarka Says:

    Me ha encantado el último párrafo. La simplicidad del día a día es algo mágico!
    Ya te echaba de menos!!!!

  4. Ux Says:

    Pasamos la vida a la espera de que lleguen días concretos. Siempre esperando. Esperamos el primer día de colegio, el primer beso, la primera vez de hacer el amor, terminar el colegio, cumplir 18, casarse, tener hijos, jubilarse, y al fin y al cabo, morir. Esa espera es la que nos hace no vivir el día a día. Con sus pequeñas cosas que son las que dan la verdadera felicidad. Es fugaz, y no es fácil saber disfrutar de ello. Pasamos la vida poniendo número y nombre a los días, viviendo en el futuro en vez de en el presente.

    Me ha gustado mucho el texto!

    • Ayo Says:

      Es bueno ilusionarse pensando en el futuro, siempre y cuando el presente sea apasionante y te genere felicidad 🙂

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