Madre sólo hay una.

Una niña, en una tarde soleada, junto a un delicado paraguas y cargada con un corazón gigante  le dio por plantar una semilla muy peculiar. Se la había encontrado en un sueño.

No disponía de mucho tiempo la verdad, pero ella siempre sacaba un huequito para mimar esa húmeda tierra. La rociaba con alegría y sonrisas. No era el sol en cada atardecer el que alimentaba el susurrar del tierno aire y deslumbraba la fresca hierba. Era la ilusión que transmitía su mirada la que lograba que  esa bola tan redonda y dorada brillara aún más.

No entendía de botánica y mucho menos qué era la fotosíntesis, pero sabía mucho de amor. Amor incondicional, sincero y puro. Y eso le bastaría.

Esa niña tan bonita creció junto al árbol. Éste último floreció sin ayuda de agua. ¡Qué extraño!. La magia se acercaba a escondidas y ella simplemente respiraba fuerte llenándose de sí misma.

Mientras todos hablaban de esa mujer con voz angelical ella le cantaba a las nubes para que no lloviera. No podía permitir que su tesoro más preciado se destiñiera con un desprevenido aguacero. Ya había visto lo que le sucedía cuando llorando en un día triste, cayeron gotas en sus dibujos de sueños pasajeros; Desfigurándolos y convirtiéndolos en cualquier cosa menos en lo que  más quería.

Ella se desvivía por él pero no se daba cuenta de que era su inconsciente reflejo. Un mero espejo, una ilusión óptica que se no podía entender ni controlar.

Y llegó… de las inmensas ramas apareció un fruto. Sólo uno. Era muy, muy verde y le quedaba mucho por aprender.

Lo adoraba, lo mimaba, le enseñaba lo fácil que era vivir cuando uno no para de sonreir. Se creó una conexión única y envidiable. Miradas que lo decían todo. Simplicidad de lo complejo, sencillez ante los problemas.

Crecieron delicadamente pero a la vez apresurándose por las ganas de conocerse. Largas tardes enseñándose la lengua, riéndose de idioteces, fantaseando con miles de sabores. Si se enfadaban siempre lo hacían con los dedos cruzados.

Esa fruta que cayó de un árbol un día maduró, fruto del esfuerzo de una madre que siempre lo ha dado todo.

¡Felicidades mamá! Te lo mereces. Ahora más que nunca, este fruto ya rodó montaña abajo. Soy yo y cada vez cojo más carrerilla. Voy a por tí. Ábreme los brazos que ya llego.

¿Estás preparada para la aventura?

Te quiero muchísimo. Nunca me cansaré de repetírtelo día a día.

Ayoze P.G.

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6 comentarios to “Madre sólo hay una.”

  1. Juani Says:

    que bonito me encantan tus entradas 😀
    de dnde sacas tantas cosas? :O

  2. Rosa Angeles Says:

    Pero que bonito, has conseguido que mis pequeños ojos brillen.
    Un abrazo, mi niño.

  3. Saro Says:

    De la semilla salió el árbol que siempre soñé.Gracias”mi bebé”.Te quiero

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